martes, 8 de septiembre de 2015

La lectura es más que recibir información

Se lee más que nunca antes. Pocos momentos de la Historia de la Humanidad sumaron tanto tiempo entregado a la lectura, ni tal cantidad de información, recibida por tantas personas. Pero tengo la sospecha de que este desbordamiento informativo, sin precedentes, no esté generando en la misma medida, mayor conocimiento colectivo que en tiempos pretéritos.

Son miles los mensajes circulantes que pescamos permanentemente o que nos pescan, algunos lejanos y verdaderamente exóticos, pero la inmensa mayoría intrascendentes, salvo para tener una crónica muy detallada de nuestras personas más cercanas, o un heterogéneo mural de impresiones a través de breves mensajes, tuits o estados, e imágenes de personas desconocidas o lejanamente conocidas.

La inteligencia de La Máquina está creciendo, sin duda, pero la de los individuos que la alimentan, no sé si en igual medida.

Lo que sí he constatado, es que los que nos hicimos mayores en los ochenta y creo que los que maduraron en los noventa también, fuimos educados en una formato cultural con capítulos, apartados, párrafos, puntos seguidos y puntos finales; imprescindibles para cerrar recipientes de conocimiento y comprensión, Los que nos educamos, básicamente con libros; de texto, de lectura, de consulta, manuales, enciclopedias, etc. creo que para avanzar seguimos necesitándolos, aunque pensemos que con una conexión a Internet lo tenemos todo.

Sin pretensión sentenciosa para nadie, ¡Líbreme Dios! Mi redescubrimiento del verano han sido los libros, mis viejos libros, y mi liberación, comprobar que se sobrevive estando desconectado. Mis salvavidas han llenado mi verano de conocimiento y sensaciones, que no había logrado con el caudal digital y la inmediatez de la Web 2.0. Sus títulos: Florencia, esplendor y declive de la casa de Medici de Christopher HibbertLa traición del Rey de José Gil Soto, Lunas de Agosto de Justo Vila, Del Rif al Yebala, Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos de Lorenzo Silva y, hasta hoy mismo, El arte de la resurección de Hernán Rivera Letelier. En un verano sofocante hasta la extenuación, han sido los botes, en el permanente naufragio del  Infocéano de la Web 2.0

He comprendido y he aprendido bastante, sobre el origen de la modernidad, las formas de organización que sustituyeron los poderes medievales, la íntima relación que tuvieron con la eclosión de las artes y con la gestación del espacio ciudad en la Italia del Quattrocento y Cinquecento. Me he sumergido apasionadamente en el recorrido por la época determinante en la que se gestó la desgracia contemporánea de España, y se desaprovechó la ocasión de haber entrado en la Era Contemporánea con otro pie, malbaratando la oportunidad que abrió una negociación talentosa que tuvo lugar en la Calle Santa Lucia, muy cerca de mi casa pacense, hace más de doscientos años; que acabó en menos de un mes con la única guerra, no totalmente desastrosa que ha habido en suelo extremeño, desperdiciándose para siempre siempre una paz que se celebró con un ramos de naranjas. He recorrido y aprendido mucho, muchísimo sobre el Badajoz del XX, que me ha explicado mucho, muchísimo el de ahora, comprendiendo la dureza personal que su configuración actual, supuso para muchos.  Un hito esplendoroso de mi reencuentro con la lectura de libros, ha recorrido las angostas sendas del Rif, el Yebala y el Marruecos de las agencias de viajes, descubriendo historias de nuestra historia, premeditadamente silenciadas o falsamente ensalzadas, que explican porque nuestros hermanos del otro lado del Estrecho prefieren mirar y pensar como los franceses, que parecerse de lejos a los salvajes ignorantes que vinieron a civilizarles hace menos de cien años. El último de los botes me ha llevado hasta las costas de Antofagasta, al desierto más desierto del mundo, para entender y amar mucho más a ese Chile mágico y singular, de la mano de El Cristo de Elqui, a través de las andanzas de unos personajes profundamente humanos, que se convierten en seres surrealistas en el loco escenario de Atacama y las viejas salitreras.

No recojo esta reseña con pretensión crítica o de resención alguna, no sé si lo haré posteriormente. Hoy sólo tiene la misión de convertirse un hito personal, que marque un momento de redescubrimiento de unos buenos amigos, que siempre he conservado y transportado, pero a los que no les había prestado la atención debida con el desplazamiento del foco interés producido por la explosión desbordante de información digital globalizada que nos asalta desde el inicio del milenio.

No sé si mis hijos, educados en otro mundo, podrán crear conocimiento prescindiendo de los libros, a mi tal como fui educado, no me resultaba posible. Ahora doy las gracias por la liberación que me han permitido. Prometiéndome a mi mismo no abandonarlos, al menos mientras no me abandonen las fuerzas. La promesa, en lo personal me obliga a más, pero no la compartiré para no desvelar todas las intimidades sobre mi relación con una colección libros en cuya lectura me he propuesto avanzar, antes de hacerla crecer, ya en analógico o digital.

No será un esfuerzo sencillo, porque incluso en época ociosa, con tiempo disponible y sin haber otras ocupaciones, el esfuerzo exige tenacidad y convicción, pero indudablemente merece la pena. Gracias especialmente a los timoneles de esos lindos botes que me han sacado del naufragio. Las cosas buenas que me puedan pasar a partir de ahora, en gran medida se las debo agradecer a ellos. Queda mucho trecho, pero estar en camino, con ilusión es mucho.