jueves, 29 de abril de 2010

Oliendo a chamusquina

El rumor de fondo, no me gusta nada, nada, nada...

Las democracias salieron al rescate de una camarilla de estafadores, poniendo la pasta, pero sin sentar a nadie en el banquillo, sin reproche social, sin castigo y, lo peor, sin poner encima de la mesa alternativas, a un sistema podrido en su propia concepción (la riqueza extrema de unos pocos, a cambio de la miseria de una inmensa mayoría).

En los años treinta, sumidos en una crisis económica semejante, la debilidad de las democracias europeas permitió el ascenso de los totalitarismos, y acabó por desencadenar la segunda guerra mundial. ¿Alguien está jugando con la misma lógica?

Cuando oigo algunos de los adjetivos de la derecha, lanzados como reproche a los gobiernos que están intentando recomponer la situación sin provocar un estallido social; "falta de coraje", "incapacidad de afrontar con decisión", etc. Me suena a provocación en toda regla. Pero más allá de las medidas balsámicas, no se atisba ningún horizonte ilusionante, salvo algunas vaguedades sobre el cambio de sistema productivo y la innovación.

Si no nos retamos con grandes objetivos e intentamos la construcción de un nuevo sistema alternativo a la ley de la jungla que nos domina, corremos el riesgo de alimentar la desesperanza de las mayorías, que acabarán permitiendo el ascenso de los "corajudos" y los "decididos". Con la diferencia, de que en esta ocasión no tendrán que ganar elecciones para desmontar las democracias, como hizo Hitler, porque las dictaduras financieras tienen el poder y nadie se ha atrevido a tocarlas, a pesar de que ese poder se sustenta en leyes que soportan situaciones injustas, desequilibradas e insostenibles. La capacidad de acabar con el dinero negro, los paraísos fiscales, los oligopolios, las leyes de propiedad injustas e insostenibles, la ilimitación del afán de lucro, etc. están en manos de las democracias, que pueden y deben mostrarse decididas a terminar con formas de enriquecimiento, que acaban dañando a la mayoría.

Es imprescindible superar las respuestas tácticas y comenzar a formular propuestas estratégicas, que sumen consensos por encima de partidos y de países; o alguien inventa un argumento para articular nuestro futuro, o ganarán los que manejan la tentadora fórmula de que la mejor salida de una gran crisis, es un gran conflicto.