La ruptura del pacto que los empresarios han escenificado en los últimos días, forma parte de la extorsión y la amenaza a que nos tienen sometidos los causantes de la actual crisis.
Si nos preguntamos ¿Qué nos ha llevado a esta situación de crisis? la respuesta está clara, la ambición desmedida de un empresariado que no ha arriesgado casi nada, que ha aprovechado los trenes baratos y que en el caso español, ha amasado grandes fortunas al amparo de los recursos públicos, que ya en forma de subvenciones, ya en forma de dádivas o ya en forma de mercados cautivos, han anquilosado a nuestra economía en un atraso y en una crisis, que queramos o no, será más profunda y más dañina que en otros países.
Pecado tiene también, quien se subió al carro de los ingresos millonarios para las arcas públicas, sin cuestionar la endeblez de una economía basada en la especulación.
He defendido en ocasiones anteriores que dejar al cargo de la solución, a los mismos causantes de la crisis, es un pecado imperdonable. Y que esa amenaza de quiebra, si no se sigue pagando a los de siempre, es una extorsión en toda regla. El último episodio de ruptura del pacto social por parte de los empresarios, es una prueba de lo mismo.
El ejercicio que requiere la crisis es una reflexión profunda. Pactar con los amanuenses, cuando ya había impresores, fue el grave error que nos metió en las convulsiones y la violencia del siglo XVI. En el XXI, pactar con los industriales y los especuladores del XIX y el XX, o con los sindicatos de la era industrial, un error semejante.
Desde mi punto de vista hay que cambiar concepciones; el capital no es el mismo, ni los trabajadores miméticamente iguales y la situación requiere respuestas tan complejas y matizadas, como exige la complejidad de la sociedad en la que vivimos. No tengo respuestas, pero no dejo de hacerme preguntas:
¿Cómo se pueden tratar fiscalmente igual todos los beneficios empresariales, cuando algunos nacen de la innovación, el riesgo y la creatividad, y otros sólo de la mera especulación?
¿Cómo seguir considerando a todos los trabajadores iguales, cuando unos se posicionan en el inmovilismo de las estructuras de las Administraciones y las grandes organizaciones privadas, mientras otros sufren los bofetones de la flexibilidad y la deslocalización?
¿Cómo se pueden seguir tomando medidas pensando en que los que pierden sus empleos, volverán a emplearse en el mismo tipo de trabajo, cuando lo que está ocurriendo, es que los trabajos están desapareciendo, para ser sustituidos por otros nuevos?
Innovar, no es sólo decir algo de otros, sino alterar algo en uno mismo. Si ese principio no se lo aplican, gobierno y sindicatos, forzando a que los empresarios lo asuman, el pacto que se logre será simplemente retrasar un derrumbamiento que será aún mayor del que ya se ha producido.
La tecnología ofrece hoy oportunidades que es obligatorio aprovechar, pero esas oportunidades no son repetir los errores del pasado, sino abrir las puertas al talento y ayudar verdaderamente a los que quieren cambiar de verdad. Pero si el que quiere cambiar no cambia, mal va la cosa.
La izquierda debe reflexionar y analizar la situación real en la que nos encontramos, consensuar un diagnóstico, formular una estrategia y ser capaz de apoyar a los más capaces y a los más valientes, para llevarla a cabo. Las herramientas tecnológicas lo permiten, la situación mundial lo demanda y las generaciones venideras nos juzgarán por lo que hagamos, y sobre todo, por lo que no fuimos capaces de hacer, teniendo los medios que ya tenemos.