viernes 1 de mayo de 2009

¿Sólo nos mueve la codicia?

Algunos de nuestros fundamentos sociales, analizados con cierta frialdad, resultan insultantes si son considerados como generalizaciones.

Los retorcidos que crearan los instrumentos relativos a la protección de los derechos de copia, realizaron una serie de presuposiciones, que vistas desde determinada perspectiva nos califican negativamente a todos.

El principio que mueve el esfuerzo innovador, según ese mecanismo, es la promesa de monopolio que se consigue con la patente. Es decir, somos capaces de innovar, si nos aseguran que otros no podrán hacerlo y disfrutaremos de un monopolio sobre una idea.

Es decir, creamos una sociedad para recibir la cultura, la educación y el conocimiento de manera generosa; ¿y sólo haremos una aportación movidos por nuestro egoísmo?

En unos tiempos tan rápidos como los que vivimos, debería estar en la agenda de los gobiernos la reducción progresiva del periodo de paso a dominio público de una obra. Y no permitir que las leyes digan tan poco en favor de nuestra propia capacidad de generosidad y entrega.

La ley no debería decir, como todos sois avaros, os regulo, para tranquilizar vuestra avaricia y dejar tiempo a la creatividad.

Lo que debería decir la ley, dada la generosidad que nos caracteriza, te ayudo a que difundas tu idea y que disfrutes del prestigio del conocimiento y de tu generosidad. Y en caso de no querer compartirlo generosamente, dispones de un mecanismo, durante un pequeño periodo de tiempo, para que tu propia avaricia no limite las posibilidades generosas de otros.

¿No te parece?

Michele Boldrin y David K. Levine lo cuentan muy bien en su Against intellectual monopoly (Contra el monopolio intelectual).