Dar salida a la crisis sin reconvención de los responsables, solucionará la situación pero no erradicará el problema.
Tan importante como ayudar a la gente a que salga del pozo, es enseñarnos a no caer a otro, analizar pedagógicamente lo ocurrido, censurar las taimerías y reprender a los autores. Las enseñanzas que logremos, es el mejor legado que podemos ofrecer.
De no hacerlo, el responsable será el que intenta ayudarnos a salir, que no será valorado por el intento, sino juzgado globalmente por las consecuencias a las que finalmente se llegue.
Y los verdaderos responsables entre tanto, maquinando nuevas tretas para retorcer cualquier sistema, y seguir siendo los ganadores, y seguir atesorando riqueza, indemnes como han salido del desastre.
Los juicios de Nurenberg no sólo sirvieron para castigar a los culpables (asunto en el que existen importantes discrepancias procesales), condenan colectivamente determinados comportamientos, y enseñan que hay caminos que nadie debe transitar bajo excusa alguna.
Nadie dejaría a un ludópata en un casino o a un suicida en un puente sin pretil. Dejar en el timón de las estructuras económicas responsables, a los mismos que nos han llevado al desastre; sin reproche alguno, sin exigencia de responsabilidades y de rectificación, no ofrece enseñanzas positivas.
Las causas que nos han traído hasta aquí no son acontecimientos fortuitos e involuntarios. Estamos ante las consecuencias concretas de la codicia desmedida, que tiene responsables personales que deberían pagar por sus acciones. No por venganza, sino para evitar que se piense que lo hicieron bien y dentro de poco, vuelvan a intoxicarnos con argumentos falaces y pruebas falsas, de que la ley de la selva es el mejor orden.
Si no se construye un discurso político en el que estos asuntos queden resueltos, algunos habrán ganado (por la destreza al solucionar el problema o por convencer a la mayoría de ser mejor alternativa), pero todos habremos perdido el conocimiento que debemos obtener para nosotros y para las generaciones venideras.
Tan importante como ayudar a la gente a que salga del pozo, es enseñarnos a no caer a otro, analizar pedagógicamente lo ocurrido, censurar las taimerías y reprender a los autores. Las enseñanzas que logremos, es el mejor legado que podemos ofrecer.
De no hacerlo, el responsable será el que intenta ayudarnos a salir, que no será valorado por el intento, sino juzgado globalmente por las consecuencias a las que finalmente se llegue.
Y los verdaderos responsables entre tanto, maquinando nuevas tretas para retorcer cualquier sistema, y seguir siendo los ganadores, y seguir atesorando riqueza, indemnes como han salido del desastre.
Los juicios de Nurenberg no sólo sirvieron para castigar a los culpables (asunto en el que existen importantes discrepancias procesales), condenan colectivamente determinados comportamientos, y enseñan que hay caminos que nadie debe transitar bajo excusa alguna.
Nadie dejaría a un ludópata en un casino o a un suicida en un puente sin pretil. Dejar en el timón de las estructuras económicas responsables, a los mismos que nos han llevado al desastre; sin reproche alguno, sin exigencia de responsabilidades y de rectificación, no ofrece enseñanzas positivas.
Las causas que nos han traído hasta aquí no son acontecimientos fortuitos e involuntarios. Estamos ante las consecuencias concretas de la codicia desmedida, que tiene responsables personales que deberían pagar por sus acciones. No por venganza, sino para evitar que se piense que lo hicieron bien y dentro de poco, vuelvan a intoxicarnos con argumentos falaces y pruebas falsas, de que la ley de la selva es el mejor orden.
Si no se construye un discurso político en el que estos asuntos queden resueltos, algunos habrán ganado (por la destreza al solucionar el problema o por convencer a la mayoría de ser mejor alternativa), pero todos habremos perdido el conocimiento que debemos obtener para nosotros y para las generaciones venideras.

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