Extremadura es uno de esos lugares en los que la historia dejó cicatrices profundas. Siglos atrás, las guerras marcaron la desgracia de unos territorios, que se llamaron “extremadura” por ser frontera. Primero frontera de religiones, después frontera de reinos y más adelante frontera de imperios, que se enfrentaron cruelmente, para desgracia de todos los que aquí sobrevivían. Cuando los imperios dejaron de serlo, la frontera fue de Estados, que aquí se desencontraron durante dos siglos, para olvido y aislamiento de los siervos de nobles y terratenientes, que poco se preocuparon porque vinieran las revoluciones de la modernidad. Incluso el último coletazo del antiguo régimen, la dictadura franquista, privó a esta tierra de lo más valioso, porque tras una feroz represión criminal, empujó a la mitad de los fronterizos a otras tierras, para apoyar un desarrollo que interesaba fuera en otros lugares, ahondando en el olvido y el aislamiento, con pobreza y falta de expectativas.
Sólo la democracia, primero en forma de Constitución y luego en forma de Estatuto de Autonomía, convirtió a sus habitantes en ciudadanos. Y con no poco esfuerzo, los derechos se fueron articulando en forma de educación, de sanidad y de políticas sociales y económicas, que cambiaron la caridad por justicia, haciéndose el pueblo extremeño dueño de su propio destino a través de las instituciones. La integración europea tornó la frontera en lugar de encuentro donde recuperar el tiempo perdido, con la ayuda de unos recursos que compensaban el olvido y el desequilibrio, provocado por el desarrollo mal distribuido.
Fue una política, la que nos permitió optar de manera autónoma, por una forma singular de usar las tecnologías, y esa manera de hacer las cosas, mantenida en el tiempo y llevada coherentemente a diferentes ámbitos, es la que hoy despierta el interés de técnicos y políticos de todo el mundo. Esta semana unos y otros, venidos de diferentes lugares, han coincidido en Extremadura.
Un grupo de expertos de los países más desarrollados, convocados por la OCDE se han reunido en Cáceres para hablar del Sector de Software, atraídos por las iniciativas que en este campo se venían desarrollando por el gobierno de una pequeña región española. Simultáneamente en Mérida, un grupo de desarrolladores Debian trabajaban en asegurar la calidad de las próximas versiones del sistema operativo y los programas libres más extendidos.
Dos magníficas noticias para una tierra, que sólo recibió forasteros cuando había guerra, y que vivió mucho tiempo sin formar parte de un mundo, que evolucionaba y se desarrollaba olvidándonos.
Las primeras conclusiones del grupo de trabajo de la OCDE reunido en Cáceres se darán a conocer en la próxima reunión del G8 en Japón. La próxima versión de Debian (Debian Lenny) se depurará de acuerdo con los criterios establecidas estos días en Mérida. Extremadura está en el futuro, y aunque aún nos quede mucho pasado que recuperar en el presente; saber que nuestra manera de hacer las cosas, puede ser útil para muchos, semejantes a como eramos hace muy poco, nos anima en el esfuerzo.