
Está claro que es necesario mantener el principio de que todo resulta mejorable, pero es necesario reconocer que la transformación política, económica y social de Brasil resulta admirable.
Un país, que por sus grandes recursos y por la riqueza acumulada de algunos sectores de su población, podría haber inflado el globo del liberalismo desbocado de una manera escandalosa. Y que tras el hundimiento del sistema, podría haber lanzado a la desesperación del desempleo y la marginación, a millones de personas, que durante un corto periodo de tiempo podrían haber vivido en una ficción de riqueza (como ha ocurrido a nuestra escala en el caso de España) lejos de acrecentar exponencialmente la crisis mundial con millones de pobres y un puñado de ricos, multimillonariamente más ricos, ha conseguido justo el efecto contrario.
Resulta aún más admirable que unido a los buenos resultados económicos, se perciba una sociedad, mucho más solidaria y mucho más comprometida con el bien común, que cualquiera de nuestras míseras trincheras nacionalistas europeas, con un compromiso decidido por el medio ambiente y por la inclusión social, como objetivo de país-continente que es.
Sin embargo, en Europa parecemos mucho más interesados en sacar los colores y criticar la idiosincrasia de los griegos, por ejemplo; para intentar expulsarlos, y de camino lanzar un aviso a navegantes a otros que quieren integrarse con nosotros; que en poner los medios para que puedan alcanzar los niveles de desarrollo social y cultural de los países escandinavos, no sólo los griegos, sino los egipcios, los sirios, los libios o los marroquíes si fuera posible, y cuanto antes.
Europa no se puede hacer a costa de que los más ricos y los más poderosos impongan sus métodos, sus costumbres, su visión del mundo, al resto; que en el fondo hemos sido víctimas de una maquinaria de consumo que, entre otras cosas, requería nuestra demanda. Que nadie diga que "se han hecho más carreteras de la cuenta", porque la construcción de carreteras con fondos europeos, ha beneficiado más a las empresas alemanas de tecnología de la construcción, que a los vecinos de las aldeas aisladas del Alentejo. Presentar a unos como despilfarradores, y a otros como comprometidos contribuyentes, es una hipocresía, semejante a la que ocurre en clave nacional con la industria farmacéutica; la región en la que tributan las empresas concentradas por razones de mejora de la productividad, quiere quedarse con la fiscalidad de unos beneficios, que se obtienen por la aportación general de enfermos del resto del país, a los que es necesario curar.
En la articulación demagógica de mensajes, como el de que "se ha acabado la fiesta" está claro que la derecha ha sido capaz de mantener unida a toda su hinchada, mientras que la izquierda ha sido incapaz de plantear una alternativa confiable de salida a esta situación surrealista. En gran medida por su propia falta de crítica interna, y por prestarse a una manera de hacer las cosas, muy alejada de los sistemas de transparencia y de gobierno abierto y participativo que deberían haber sido banderas irrenunciables. En el caso español, por ejemplo, que el mismo gobierno que llega al poder tras la actuación conjunta de millones de ciudadanos, que expresaron su protesta con "Rebelión de los SMS's" ante las mentiras del gobierno anterior, acabe poniendo en marcha el Canon Digital o la Ley Sinde es una de esas pruebas de insensibilidad democrática.
Pero está claro que nadie escarmienta en cabeza ajena, porque en el mismo país en el que las Bolsas Familia, se han convertido en una respuesta inclusiva a la crisis, o que ha tenido a un personajes tan cabal como Gilberto Gil, como Ministro de Cultura, ahora se está tramitando una legislación, PIPA en la cual, las políticas culturales se restringen a velar por los intereses de los artistas, como si el Ministerio de Cultura debiera ser más un sindicato de creadores, que un instrumento de fomento y desarrollo de la cultura de los ciudadanos. Y que entra en los mismos errores de limitación libertades individuales, para la defensa de unos intereses corporativos minoritarios de una oligarquía industrial y artística.
Desde mi punto de vista, es casi más importante en este momento, que no se equivoque Brasil, poniendo en riesgo el apoyo democrático a las otras grandes medidas, que los progresistas europeos ahondemos más en los errores que nos han llevado al desastre y a no disponer en este momento, ni de un discurso, ni de un liderazgo, que sea capaz de limitar los afanes desmedidos de las fuerzas conservadoras por desmontar el Estado del Bienestar, considerando que la paz social y los niveles colectivos de desarrollo de los que disfrutamos todos, no son parte de los propios beneficios de los que se consideran más aportadores y ser más merecedores de cuidar sus intereses y sus posiciones.
Ayudar a que los brasileños no metan la pata, y abran pronto la puerta al discurso del "se ha acabado la fiesta", creo que es muy importante. Porque si fórmulas como la Brasil fracasaran, como aquí hemos fracasado, van a quedar muy pocas alternativas que puedan despertar la ilusión y la esperanza de millones de personas. Y que el momento de la historia en el que hay más medios para el fomento de la justicia social y de la inclusión global, acabásemos en una guerra cavernícola por la imposición ilimitada de la Ley de la Jungla, resultaría imperdonable.